Érase una vez una niña llamada Sofía. Vivía con sus padres y con sus dos hermanas. La mayor se llamaba Marina, la mediana Sara. La pequeña era la revoltosa del castillo, Sofía.
Todo comenzó una tarde en la habitación de Sofía. Ella estaba jugando con su muñeco Dálmata. De pronto entró Marina y le dió un susto y el muñeco se cae por la ventana. Al bosque.
—¡Marina, mira lo que has hecho a mi muñeco! —dice Sofía—.
—Sofía, ¿me perdonas? No sabía que Dálmata se iba a caer al bosque. Por favor, perdóname.
Las dos se dirigen a la habitación de Sara, para contárselo.
—Pobre Dálmata. ¿Por qué no vamos al bosque? —dice Sara—.
Y las tres se dirigen al bosque.
Pasa un rato.
—Tengo miedo —dice Sofía llorando por Dálmata—.
Cuando ya llevaban cuatro horas andando, encontraron a Dálmata, y a su lado comida de animales. Un rato después no sabían por dónde volver al castillo. Entonces vieron una cueva y se metieron dentro. Cada vez era más estrecha, hasta que llegó a una puerta redonda que sólo se podía abrir poniendo la mano de un conejo. Pasó por allí un conejo con ropa. Al ver a las niñas con sus vestidos, los invitó a su casa.
— ¡Qué casa tan bonita! —dice Sara—.
—¿Cómo os llamáis?
—Yo me llamo Marina.
—Yo, Sofía.
—Y yo, Sara.
—Pues yo me llamo Saltarinoso —dice el conejo—.
—¡Qué nombre más bonito! Es muy chuli —dice Sofía—.
—¿Cómo os hicísteis esta casa? —dice Marina—.
—Muy fácil. Encontramos la cueva abandonada.
—¿Adónde se llega por esas escaleras? —dice Sofía, mirando las escaleras—.
—Se llega a las habitaciones.
—Saltarinoso, ¿dónde está el servicio? —pregunta Sofía—.
—Subiendo las escaleras, a mano derecha, por el pasillo, al fondo.
—Gracias, Saltarinoso —dice Sofía, riéndose—.
—Saltarinoso, ¿podemos dormir arriba? —pregunta Sara—.
—Por mí vale, voy a contárselo a mis amigos.
Ya bajó Sofía. Por allí pasan dos conejos mirándoles y les preguntan cómo han entrado.
—Porque Saltarinoso nos ha invitado y también a dormir arriba —dice Sara—.
—¿Saltarinoso os ha dado ese té? —dice uno de los conejos preguntones—.
—Sí, ¿y vosotros cómo os llamáis? —pregunta Marina—.
—Yo me llamo Edelvin.
—Y yo me llamo Muñi.
—Muñi, ¿tú sabes dónde hay un castillo con flores alrededor y amapolas, y unos polvos alrededor que vuelan como estrellas brillantes? —pregunta Sara—.
—No, yo no he visto eso en mi vida.
—Y yo tampoco. Por cierto, ¿os gustaría ser nuestras princesas? —pregunta Edelvin—.
—¡Sí! —responden Sofía, Sara y Marina a la vez—.
—Ya viene Saltarinoso, voy a hablar con él a ver si quiere ayudarnos a construir tres tronos —dice Edelvin—.
—También se lo tendréis que decir a los demás —dice Sara muy contenta—.
Mientras que Saltarinoso y Edelvin hablan, Marina y Sara suben las escaleras para ir al servicio. Pasaron cinco minutos y ya bajaron Marina y Sara. Terminaron de hablar Saltarinoso y Edelvin.
—¿Qué te ha dicho, Edelvin? —pregunta Muñi—.
—Me ha dicho que sí nos va a ayudar. Ahora mismo se va a decírselo a los demás.
Pasa una hora y treinta minutos y ya venía Saltarinoso
—¿Qué te han dicho, Saltarinoso? —le pregunta Marina—.
—Que sí, y que ya vamos a empezar.
—Tenemos un problema —dice Sara—.
—¿Qué problema? —le pregunta Saltarinoso—.
—Pues que los tronos son brillantes con joyas —dice Sara, muy triste—.
—Nosotros, los conejos, tenemos muchas joyas brillantes —dice Muñi—.
—¡Fabuloso!, ¿dónde están? —pregunta Sofía, muy contenta—.
—Están guardadas en una caja de cristal. La caja está allí escondida —señala Muñi—.
Pasaron cinco horas. Ya por fín terminaron los tres tronos. Les habían hecho también unos trajes muy bonitos. Y a las tres hermanas les encantó ser princesas del bosque.