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El pajarito malherido

Un día por la tarde, saliendo del colegio, de las actividades de la tarde, vi un pajarito malherido. Tenía un ala rota, que se la había picado una cigüeña.

Me lo llevé a mi casa. Mi hermana pequeña me ayudó a cuidarlo. Y a darle de comer.

Al día siguiente fuimos al campo. Le cogimos unos gusanos y mucha más comida. Al final dejamos que se fuese el pajarillo. Y encontró a su familia.

La casa abandonada

Había una vez dos hermanos que estaban subiendo una montaña con su padre y su madre. Cuando llevaban una hora andando sin parar y se les había acabado el agua, encontraron un río. Había una familia de dos niñas y un niño.

Estaban las dos niñas haciendo un castillo de arena, la madre tomaba el sol en la arena y el padre y el niño nadaban en el agua.

Entonces la familia bebió agua y las dos niñas se fueron a jugar con las otras niñas. Y los padres nadaron de un sitio a otro.

El agua cada vez subía más. Las dos familias recogieron las cosas y se fueron juntas a una casa abandonada. Y vivieron para siempre las dos familias juntas en la casa.

Los tres animales y el balón

Érase una vez tres animales: un gato, un lobo y un perro. Los tres eran amigos, se conocieron una vez en el bosque.

Un día de verano estaban jugando, el perro, el lobo y el gato. Estaban jugando con el balón. De repente el lobo le da tan fuerte al balón, que de la patada se quedó en el tejado de una casa. Entonces pensaron una idea para bajar el balón.

—¡Tengo una idea! —dice el perro—.

Entonces el perro le dice la idea a sus compañeros.

Se pusieron, el lobo cogiendo al perro y el perro cogiendo al gato.

No llegaron al balón, y por eso fueron a pedir ayuda a más animales. Encontraron muchos animales y al final recuperaron el balón.

El planeta de chocolate

Todo comenzó en un planeta de chocolate. Los humanos tenían un miedo terrible porque los muñecos eran como personas reales. Solo eran cariñosos los muñecos de una persona.

Por eso las personas querían escapar del planeta. Se montaban en cohetes y en naves, pero una familia no se quería montar, porque la niña mayor quería estar con sus muñecos, con uno en especial.

La niña puso una película y los personajes empezaron a salir. Su hermana estaba leyendo un cuento de piratas, y cuando terminó de leer una página, salieron los personajes del libro. Las dos hermanas se llevaron un susto terrible.

Todos los muñecos quisieron para siempre a esa familia.

¿Es real o es un sueño?

Un día de verano, una niña llamada Lucía, fue al cumpleaños de su prima Isabel.

—Hola, Lucía —dice Isabel—.

—Hola, Isabel, ¿vamos a hacer conejos para meter lápices?

—Sí, y vamos a hacer muchos.

—¿Y por qué tantos? —pregunta Lucía—.

—Porque ya mismo es Semana Santa y el Día del Padre, para regalarle uno a nuestros abuelos, a los tíos, a los hermanos, etc. Y lo mejor es que es un conejo para cada persona.

—¿Y cuándo vamos a empezar?

—Ya —responde Isabel—.

Pasaron dos horas y ya habían terminado.

—Isabel, sopla un poco al conejo, por donde se meten los lápices.

—Te devuelve el aire, ¡se me ha ocurrido una idea!

—¿Qué idea? —pregunta Lucía sorprendida—.

—Pues que podemos soplar a la vez.

—Vale, vamos a empezar —dice Lucía—.

Entonces, al soplar, se fueron a un sitio muy raro las dos.

—¿Cuántos conejos? —pregunta Isabel sorprendida—.

—Hay de todos los colores, naranjas, amarillos, azules, lilas, verdes, rosas, marrones, negros, blancos, morados, de nuestro color, rojos, azules oscuro, azules marino, color oro, plateados y bronceados —contesta Lucía—.

—¡Lucía, estamos en el mundo de los conejos!

Pasó media hora.

—¿Qué pasaría si volviésemos a soplar? Puede que volviésemos a casa, Isabel.

—Pues lo probamos a la de tres, una, dos y tres —dice Isabel—.

Y volvieron a casa. Y era como si no hubiese pasado nada, porque era la misma hora. Y para siempre fue un secreto de las dos.

Las tres princesas del bosque

Érase una vez una niña llamada Sofía. Vivía con sus padres y con sus dos hermanas. La mayor se llamaba Marina, la mediana Sara. La pequeña era la revoltosa del castillo, Sofía.

Todo comenzó una tarde en la habitación de Sofía. Ella estaba jugando con su muñeco Dálmata. De pronto entró Marina y le dió un susto y el muñeco se cae por la ventana. Al bosque.

—¡Marina, mira lo que has hecho a mi muñeco! —dice Sofía—.

—Sofía, ¿me perdonas? No sabía que Dálmata se iba a caer al bosque. Por favor, perdóname.

Las dos se dirigen a la habitación de Sara, para contárselo.

—Pobre Dálmata. ¿Por qué no vamos al bosque? —dice Sara—.

Y las tres se dirigen al bosque.

Pasa un rato.

—Tengo miedo —dice Sofía llorando por Dálmata—.

Cuando ya llevaban cuatro horas andando, encontraron a Dálmata, y a su lado comida de animales. Un rato después no sabían por dónde volver al castillo. Entonces vieron una cueva y se metieron dentro. Cada vez era más estrecha, hasta que llegó a una puerta redonda que sólo se podía abrir poniendo la mano de un conejo. Pasó por allí un conejo con ropa. Al ver a las niñas con sus vestidos, los invitó a su casa.

— ¡Qué casa tan bonita! —dice Sara—.

—¿Cómo os llamáis?

—Yo me llamo Marina.

—Yo, Sofía.

—Y yo, Sara.

—Pues yo me llamo Saltarinoso —dice el conejo—.

—¡Qué nombre más bonito! Es muy chuli —dice Sofía—.

—¿Cómo os hicísteis esta casa? —dice Marina—.

—Muy fácil. Encontramos la cueva abandonada.

—¿Adónde se llega por esas escaleras? —dice Sofía, mirando las escaleras—.

—Se llega a las habitaciones.

—Saltarinoso, ¿dónde está el servicio? —pregunta Sofía—.

—Subiendo las escaleras, a mano derecha, por el pasillo, al fondo.

—Gracias, Saltarinoso —dice Sofía, riéndose—.

—Saltarinoso, ¿podemos dormir arriba? —pregunta Sara—.

—Por mí vale, voy a contárselo a mis amigos.

Ya bajó Sofía. Por allí pasan dos conejos mirándoles y les preguntan cómo han entrado.

—Porque Saltarinoso nos ha invitado y también a dormir arriba —dice Sara—.

—¿Saltarinoso os ha dado ese té? —dice uno de los conejos preguntones—.

—Sí, ¿y vosotros cómo os llamáis? —pregunta Marina—.

—Yo me llamo Edelvin.

—Y yo me llamo Muñi.

—Muñi, ¿tú sabes dónde hay un castillo con flores alrededor y amapolas, y unos polvos alrededor que vuelan como estrellas brillantes? —pregunta Sara—.

—No, yo no he visto eso en mi vida.

—Y yo tampoco. Por cierto, ¿os gustaría ser nuestras princesas? —pregunta Edelvin—.

—¡Sí! —responden Sofía, Sara y Marina a la vez—.

—Ya viene Saltarinoso, voy a hablar con él a ver si quiere ayudarnos a construir tres tronos —dice Edelvin—.

—También se lo tendréis que decir a los demás —dice Sara muy contenta—.

Mientras que Saltarinoso y Edelvin hablan, Marina y Sara suben las escaleras para ir al servicio. Pasaron cinco minutos y ya bajaron Marina y Sara. Terminaron de hablar Saltarinoso y Edelvin.

—¿Qué te ha dicho, Edelvin? —pregunta Muñi—.

—Me ha dicho que sí nos va a ayudar. Ahora mismo se va a decírselo a los demás.

Pasa una hora y treinta minutos y ya venía Saltarinoso

—¿Qué te han dicho, Saltarinoso? —le pregunta Marina—.

—Que sí, y que ya vamos a empezar.

—Tenemos un problema —dice Sara—.

—¿Qué problema? —le pregunta Saltarinoso—.

—Pues que los tronos son brillantes con joyas —dice Sara, muy triste—.

—Nosotros, los conejos, tenemos muchas joyas brillantes —dice Muñi—.

—¡Fabuloso!, ¿dónde están? —pregunta Sofía, muy contenta—.

—Están guardadas en una caja de cristal. La caja está allí escondida —señala Muñi—.

Pasaron cinco horas. Ya por fín terminaron los tres tronos. Les habían hecho también unos trajes muy bonitos. Y a las tres hermanas les encantó ser princesas del bosque.

El viaje de la flauta

Érase una vez en el año 1998. Ocurrió en un edificio de tres plantas. Iban a rodar una película. Mientras, Marta, en una habitación, tocaba la flauta. Para practicar un rato. Abajo, el narrador, Pedro, escribía un poco más y Juan estaba terminando los trajes.

De repente sonó el telefonillo del portal.

—¿Quién es?

—¡El butano!, traigo la bombona.

—Suba por favor —dijo Marta—.

—¿Dónde la pongo?

—Ahí, en la habitación de las bombonas.

Ya habían terminado los trajes. Comenzaron a ponérselos

—También hay que colocar la bombona para la película —dijo Pedro a Marta que había bajado—.

La gente venía para ver el espectáculo. Este empezó. Sonó la música, tan, tan, ten, ton, tin, ton, ton.

Pasaron tres horas y media y terminó.

Anunciaron que tuviesen cuidado porque había gente que seguía quitando cosas en las casas.

Marta, Pedro y Juan se fueron de paseo a vender los trajes y la historia.

Volvieron a casa. Marta empezó a gritar porque le habían robado la flauta.

Fueron a la policía.

—¿Qué les ha pasado?

—Que me han robado la flauta —dijo Marta muy triste—.

—Dime Marta, ¿cómo es la flauta?

—Es negra, con los agujeros blancos y la boquilla naranja.

—Vale, ya que lo sabemos vamos a ponerlo en el periódico.

Pasaron tres días. La policía llamó a Marta por teléfono.

—¡La hemos econtrado! ¡Marta, Marta! Tu flauta.

—Ya voy. ¡Qué bien! ¿Dónde está?

—Está en una casa vieja, en la montaña de la nieve.

El hombre que había leído el periódico había llamado a la policía.

Los tres amigos fueron allí. Juan hizo unos trajes más, muy bonitos y abrigados, para los tres, porque en la montaña hacía mucho frío. Fueron por el camino, iban parando para comer un poco. Pasaron dos días. Iban por la mitad. Se hizo de noche. Vinieron un lobo y un oso salvaje, porque les había llegado el olor de la comida. Les dieron comida y el lobo y el oso les protegieron todo el camino.

La barrera mágica

De repente, todas las plantas y los edificios se hicieron más grandes. Las plantas empezaron a comerse a la gente. Uno de esa calle se dio cuenta de que en la otra calle no pasaba nada. Sólo en esa calle. Entonces, cuando la mujer iba a pasar a la otra calle, había una barrera mágica y transparente. Fue a la otra calle pero también había una barrera mágica. Vió que había un manillar de una puerta, atado en una cuerda. Tiró y le pedía la respuesta. Cosas en donde se bebe agua. Ella escribió en el aire, botella. Y vaso. Y se abrió la puerta. Vió un silbato al fondo, lo probó y todo volvió a la normalidad. Todo fue gracias a ella.

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