Pepina era una chica alta. Que iba por el campo. Le encantaba pasear.
Ese mismo día encontró una cueva. Entonces, allí dentro, vió dos chicas muy raras.
—Hola, soy Pepina.
—Tú, ¿te gustaría formar parte de nuestra banda de bandoleros?
—No, gracias.
—Muy bien, contratada.
—Pe, pe, pero he dicho que no.
—Que no pongas excusas. Nos vamos a presentar. Yo soy Peíto, la jefa, y esta es Ojo Morao, la segunda jefa.
—Gracias, pero no quiero formar parte de vuestra banda.
—¡Que te calles, monstruo de las patas largas!
—Bueno, jefa Peíto, empiece con el plan —dice Ojo Morao.
—Sí, a ver, el plan es el siguiente. Vamos a atracar el banco del pueblo, y para ello, tú, Patas Largas, entras con un rifle de juguete y uno de verdad y robas el dinero. Ojo Morao te esperará en la puerta para ayudarte con todo el dinero y lo traéis a las cuevas.
—Y, mientras, ¿usted qué hace?
—No seas tan impaciente, Ojo Morao. Yo estaré aquí, sentada, tomándome un café y esperando a que lleguéis.
—Vale, me parece bien —dijo Ojo Morao, super impaciente.
—Pues a mí no, porque yo hago todo el trabajo sucio y, además, ¿qué haríamos con el dinero? —dice Patas Largas.
—Tú no haces todo el trabajo sucio. Que yo tengo que esperar aquí a que vengáis. Y por el dinero, no te preocupes; lo repartiremos en partes iguales. Yo me quedo el 99 por ciento y vosotras os quedáis con el 1 por ciento a medias.
—Sí, vamos, y usted se queda con más dinero —dice Patas Largas.
—Pues si quieres más dinero, Patas Largas, roba más en el banco y así tú tendrás más.
—Ya, pero usted también. Me voy. No pienso participar en vuestros absurdos planes.
—Pues sí, te vas. Yo, como soy la jefa, me encargaré de que te metan en la cárcel por ser bandolera.
—Pues me da igual, porque les digo que usted también es bandolera.
Entonces Pepina se fue a su casa. Esa noche durmió super bien. Porque estaba agotada después de lo que había pasado.
Al día siguiente se presentó en su casa una chica. Era de color amarillo.
—Por favor, ¿me podría acompañar al cuartel de la Guardia Civil?
—Claro, cómo no, pero, ¿qué ocurre?
—Usted no se preocupe, solo acompáñeme, señor.
—Perdone, pero es que soy una chica.
—Y eso, ¡qué más da!
Y en el cuartel de la Guardia Civil:
—Tal como les digo, ese bandolero —decía Peíto señalando a Pepina—, entró en mi banco y me robó todo el dinero. Aquí tengo las pruebas.
—U, u, u, usted es Peíto, el jefe de los bandoleros —decía Pepina.
—¡Qué dice! ¿Cómo voy a ser yo un bandolero? Yo soy Flora, la jefa del banco —decía riéndose fatal.
—Por favor, no la crean, ella es una bandolera. Yo no he asaltado ningún banco.
—Aquí tenemos las pruebas de que usted robó el banco. Mire estas fotos —dijo la capitana Vera.
—Ya las veo. Pero esas pruebas son falsas. Yo nunca robé ningún banco. Se lo juro.
—Pero aquí aparece que sí. Queda usted detenido.
—¡Que soy una chica!
—Que a mí eso me da igual. Flora, usted ya se puede ir. Yo me encargaré de esta señorita, que, por cierto, ¿como decía que se llamaba este bandolero?
—Se hace llamar Monstruo de las Patas Largas. Y yo ya me voy. Gracias por todo.
Por la puerta acababa de entrar el agente Buddy.
—Por favor, agente Buddy, llévese el preso al calabozo.
—Sí, cómo no, mi capitana Vera.
Entonces, la capitana Vera se sentó a leer el periódico.
—Por favor, señorita Patas Largas, tire para allá para ir al calabozo, pero si quiere ir al baño tire en sentido contrario, pero si desea…
—Que sí, que sí, muy bien.
—Yo solo quería ser amable. Uaaa, que sueño tengo.
—A que tú te acabas de levantar.
—Sí.
—Pues vete a desayunar.
—Pues sí, tienes razón. Hasta luego. Me voy a desayunar.
(Qué fácil es librarse de estos. Ya uno menos.)
—Pero, ¿adónde cree que va sin mi permiso? ¿A metido al Patas Largas en el calabozo?
—No, pero, ¿puedo ir a desayunar, capitana?
—Pero, torpe, ¡que son las dos! Es la hora de comer, bacalao.
Y la capitana cogió su cachiporra y se puso a pegarle.
—¡Ah! Muaaa, me hace daño, pues yo me voy a desayunar.
—¡Ay! De verdad, vaya panda de inútiles —dijo enfadada la capitana Vera.
Es que lo que pasa en ese cuartel era muy raro. Al sargento Jirafita siempre le toman el pelo. El agente Buddy aprovecha cada segundo del día para dormirse en el trabajo. Y el teniente Yuyu es como el mejor, aunque es un poco despistado. También está la capitana Vera, la jefa; a ella le encanta pegar con la cachiporra a todo el mundo.
En ese momento entraron por la puerta el sargento Jirafita y el teniente Yuyu, que venían de vigilar el pueblo.
—Teniente Yuyu, por favor, vaya a llevar al preso Patas Largas al calabozo. Y usted, brigada Jirafita, tiene el día libre; se lo merece.
—Sí mi capitana —dijeron los dos a la vez y salió por la puerta el sargento Jirafita.
—Hola señor Patas Largas, soy el teniente Yuyu.
—¡Que no soy un señor! ¡Soy una chica! ¡Cuántas veces os lo tengo que decir! Y una cosa, ¿me vas a llevar a prisión? ¿A ese calabozo, sin armas? Es que me puedo escapar.
—Uy, me las he olvidado en el bar.
—Pues vete a por ellas a la taberna.
—Es verdad, allá voy. Por favor, no se mueva de ahí. Bueno capitana, me voy.
—¿Adónde cree que va? ¿A terminado su misión, teniente?
—No, no la he terminado. Pero es que antes me dejé las armas en la posada.
—Pero es usted un cazurro. ¿Qué clase de guardia civil se deja las armas en una posada?
—Pues yo, mi capitana, y ahora me voy a por ellas.
—¡Ah! Si se encuentra al sargento Jirafita, dígale que venga.
—Vale, pero una cosa, ¿no es brigada?
—Nooo.
—Es que como antes le llamó brigada JIrafita. Lo decía por eso.
—Andaaa, tire para delante —le dijo la capitana pegándole con la cachiporra.
Entonces el teniente Yuyu fue para allá, a la posada. Él andaba muy rápido, comparado con el agente Buddy, que daba un paso por minuto, porque va siempre medio dormido. En la posada, Buddy se dirigía a la barra.
—Hola, ¿me puede poner un café con churros?
—Pero, ¿qué hora se cree que es para desayunar? Es la hora de comer. No sirvo desayunos a estas horas.
—Pues, buenas noches, me voy a dormir.
—Pero, ¿se va a dormir ahí en el suelo? Usted está un poco chalao.
—Es que tengo mucho sueño.
Y al cabo de un segundo, ya estaba dormido. ¡Qué vago!
—Agente Buddy, levántese del suelo.
—Ay, déjeme dormir, teniente Yuyu.
—Vale, perdone, ¿ha visto mis armas?
—Sí, sí, están ahí. Y ahora, por favor, déjeme dormir.
—Vale, pero como le viese la jefa, se enfadaría mucho.
Entonces Yuyu cogió las armas y se fue al cuartel. Por el camino se encontró al sargento Jirafita, que estaba dando un paseo.
—Hola teniente. ¿Sabe? Hoy tengo el día libre. Me lo ha dado la jefa. Y creo que me ha ascendido.
—Lo siento sargento, ha dicho la jefa que vaya al cuartel, que no tiene el día libre. ¡Ah!, y llamándole brigada se había confundido, no le ha ascendido.
—Vaya, ¡qué pena!
Entonces los dos se fueron al cuartel.
—Muy bien, teniente, descanse. Y en cuanto a usted, sargento Jirafita, muy mal.
—Pe, pero, ¿por qué?
—Porque se ha tomado el día libre por su cuenta. Voy a tener que pedir que le expulsen de la Guardia Civil.
—No me eche. Yo hago lo que usted me diga.
—Pues transporte al preso Patas Largas al calabozo.
Entonces, el sargento Jirafita se dirigió para allá.
—Hola, Patas Largas. Por favor, métase en el calabozo.
—¿Y si no me da la gana?
—Ah, pues un momento, se lo voy a preguntar a la jefa.
—Capitana…
—¿Y ahora qué quiere, merluzo?
—Pues que al Patas Largas no le da la gana meterse en el calabozo.
—Pues, cacho merluzo, lo coges y lo metes.
—Ah, vale. Que, señor Patas Largas, por favor, métase ahí.
—¿Y si no quiero?
—No sé. Espere, le vuelvo a preguntar a mi jefa.
—Jefa, que, es que el preso no quiere.
—Idiota, idiota —le decía pegándole con la cachiporra. Es que, ¿quién va a querer? Anda, vete, tómate el día libre.
—Pero, entonces, ¿no me despide?
—No, noo, nooo. Tú vete, que tienes el día libre. Disfrútalo.
—¡Tenienteee! —dijo la capitana Vera gritando.
Y en dos segundos: —Sí, ¿qué quiere?
—Pues quiero que transporte al preso a los calabozos.
—Vale, no hay problema.
—Hola, teniente.
—Hola.
—¿Sabes? A la sargento Jirafita le han dado el día libre. Y a tí, que trabajas mucho mejor, no te lo dan. Anda, vete a quejarte.
—Pues sí, tiene razón. Me voy a quejar.
—Capitana, no es justo, yo también quiero el día libre.
—Se lo doy, cuando meta al preso en el calabozo.
Entonces el teniente Yuyu cogió agarró a Patas Largas y la encerró en el calabozo.
—¿Ya tengo el día libre?
—Sí, puedes irte.
—Bien.

