Todo comenzó un día de verano en una casita. Dentro vivían dos niñas con sus padres. Clara tenía nueve años y era la mayor. Sofía, que era la otra hermana, tenía cinco años recién cumplidos. Las dos niñas se aburrían mucho dentro de casa.
—Hijas, ¿por qué no salís a jugar con los demás niños? —les preguntó la madre.
Enseguida contestaron: sí.
Y las dos salieron a jugar, pero las otras niñas y niños no les juntaban.
Entonces, una niña se acercó y les dijo si querían jugar con ella y sus amigas. Ellas aceptaron.
—¿Cómo os llamáis? Yo me llamo Blanca —dice la niña.
—Encantada de conocerte, Blanca. Gracias por habernos dejado estar con vosotras. Casi se me olvida, yo me llamo Clara.
—¡Hola! Yo me llamo Sofía. He tenido una gran idea. Podríamos ir todos juntos al bosque —dice Sofía.
Todos se fueron dirección al bosque.
Pensaron que podían dividirse en grupos de tres, porque eran seis. Clara, Sofía y Blanca fueron por un sitio y las otras tres siguieron recto. Clara, Sofía y Blanca, por el camino, fueron cogiendo frutos, para comérselos cuando tuviesen hambre.
Mientras tanto, los padres de las seis niñas empezaron a gritar: ¡Clara, María, Sofía, Blanca, Irene, Marta! ¿En dónde os habéis metido?
Los niños de allí les dijeron que habían ido al bosque.
En el bosque empezó a hacer frío. Las seis niñas se volvieron a juntar y fueron a una cueva que había al fondo. Se metieron dentro y esperaron que alguien fuese a recogerlas.
Por allí pasó un hombre sordo cantando.
—Señor, escúchenos, llévenos a casa, por favor —dijeron todas.
Pero el señor no les escuchó.
Entonces, las niñas empezaron a gritar. Los padres las escucharon y corrieron hasta que las encontraron.

