Diez meses después.
Yuyu se había ido con su madre Carolina
—Mami, ¿puedo irme unos días con mis amigas?
—Claro que sí puedes, hija.
Entonces Yuyu cogió una mochila y metió una cuerda, comida para el camino, una manzana y agua. Un rato después ya llegó al río, así que se tiró al agua y dejó que le llevase la corriente. Esta vez le recogieron unos perros. Yuyu se despertó pero sólo veía perros, entonces salió corriendo. Al fondo vió la cueva, empezó a correr todavía más deprisa.
La cueva tenía unas vallas, de repente a Yuyu le salieron encima de la mano dos llaves.
—Voy a probar con esta llave —dice Yuyu.
Y le funcionó. Entonces entró y la puerta se cerró.
—¿Para qué servirá esta llave? No sé…—se preguntaba a sí mismo.
Pasaron diez minutos y Yuyu vió a su derecha el sitio en el que se estuvo sentando. Siguió para adelante y bajó las escaleras.
—¡Por fín! Ya estoy en Gololandia. ¡Qué bien! Ahora tengo que ir por esta calle y luego por la otra —se dice Yuyu a sí mismo.
Por fin llegó y llamó a la puerta.
—¡Pum! ¡Pum!
—¿Quién es? —dice Carlita.
—Soy yo, Yuyu.
—¡Qué alegría, Yuyu! ¡Te estábamos esperando! Entra, que voy a llamar a Mely —dice Carlita.
—¡Yuyu! ¿Qué tal estás? —pregunta Mely.
—Muy bien, ¿y tú? —responde Yuyu.
—Yo también estoy muy bien, tenía muchas ganas de volver a verte, Yuyu —dice Mely.
—Vamos a cerrar que ya es la hora —dice Carlita.
—¿Qué hay de cenar, mami? —pregunta Mely con una cara de mucha hambre.
—Hay filete de miel con patatas en salsa de miel —responde Carlita.
Yuyu y Mely tenían una cara de alegría.
—Yuyu, ¿a tí te gustan las patatas en salsa de miel? —le pregunta Mely con una cara extraña, suponiendo que sí.
—A mí sí, ¿y a tí? —le responde Yuyu, con cara de alegría.
—A mí también —responde Mely también con cara de alegría.
—¡Pum! ¡Pum!
—¿Quién es? —preguntan Yuyu y Mely.
—Soy Peíto.
—Adelante Peíto, pasa —dice Mely con una cara de alegría porque haya venido Peíto.
—Mely, ¿quién es Peíto?
—Es una prima, mía, que es un perro, por eso le llamaron Peíto, aunque sus padres son abejas —responde Mely, con una cara de risa.
—Niñas, vámonos ya a acostar —dice Carlita.
Y las tres niñas Yuyu, Peíto y Mely se durmieron.
Al día siguiente…
—Buenos días, chicas, ¿habéis dormido bien? —pregunta Carlita con cara de felicidad.
—Sí, hemos dormido las tres muy bien, ¿verdad? —pregunta Yuyu.
—Sí, yo he dormido muy bien, ¿y tú, Peíto, qué tal has dormido? —le pregunta Mely, con cara de risa.
—Yo he dormido muy bien —dice Peíto contento.
—¿Con qué habéis soñado? —pregunta Carlita.
—Yo he soñado que era mi cumpleaños y me regalaron muchos regalos —dice Mely muy sonriente y contenta.
—Pues yo he soñado que nos íbamos todos de excursión —dice Yuyu también muy contento.
—Pues yo he soñado un sueño mejor que los vuestros, mi sueño trataba de que me comía un montón de huesos —dice Peíto.
—Tendría que estar bueno para tí, pero a mí no me van mucho los huesos —dice Mely.
Todos se rieron menos Peíto, ja, ja, ja.
—Mami, ¿qué hay para desayunar? —pregunta Mely.
—Hay queso con miel y pan remojado en miel —responde Carlita.
—Hay para desayunar, sí que hay mucha miel —dice Yuyu.
—Pues yo no quiero miel, ni queso, ni pan; yo sólo quiero huesos —dice Peíto muy enfadada.
Y todos menos Peíto se ríen, ja, ja, ja, ja.
—Es que a tí sólo te gustan los huesos, Peíto, aunque seas un perro —dice Mely riéndose.
Cuatro horas después…
—Yuyu, ¿nos vamos a la fuente del parque? —le pregunta Peíto a Yuyu.
—Vale, ¿por qué no? —responde Yuyu muy contento.
Cuando ya salen por la puerta…
—¿Adónde váis? —pregunta Mely muy extrañada.
—Vamos a la fuente del parque —dice Peíto chinchándola.
—¿Quieres venir, Mely? —le pregunta Yuyu contenta.
—Sí quiero ir —le responde Mely muy contenta.
Todos se fueron a la fuente. Como Peíto se había llevado dinero, se compró almendras garrapiñadas y una careta de un oso panda.
—Peíto, ¿me das almendras? —le pregunta Yuyu sonriente.
—No, no te quiero dar —responde Peíto serio.
—Eres muy malo —dice Mely, mirándole con cara rara.
—Pues tú eres una cascarrabias —dice Peíto muy enfadado.
—Yo no soy cascarrabias, tú eres un egoísta, no sabes compartir. Me voy. No quiero ser tu amiga. ¿Te vienes, Yuyu? —responde Mely muy enfadada.
—Vale, me voy contigo —dice Yuyu un poco triste.
—Pues os dejaré en paz, vais a Carlita de que no queréis jugar conmigo —dice Peíto con una cara, como sabiendo que le iban a decir que sí podía jugar.
—Vale, Peíto, jugaremos contigo, pero no se lo digas —dice Mely.
—¿Os acordáis que os dije que mi habitación tenía una palanca, no? —dice de nuevo Mely.
—Sí, me acuerdo —dice Yuyu alegre.
—Yo también me acuerdo. Vale Mely, tú ganas, no le voy a decir nada a tu madre —dice Peíto ya contento.
—Pues eso me lo enseñó mi amigo Duende —dice Mely sonriente.
—¿Dónde vive ese Duende? —pregunta Peíto, con cara rara y de gracia.
—Duende vive en ese árbol, ¿no véis allí una puerta marrón? —dice Mely.
—Sí, pero por ahí no entramos, es demasiado pequeña para nosotras, somos muy grandes, además es demasiado pequeña para Duende —dice Yuyu un poco extrañada.
—Yuyu, cuando te estás acercando, te vas haciendo pequeña —dice Mely.
—Pues yo no me lo creo, Mely, los duendes no existen. Serán imaginaciones tuyas —dice Peíto con cara de un sabiondo.
—Pues yo, sí creo a Peíto —dice Yuyu, muy alegre y sonriente.
—Entonces empezaron a hacerse pequeñas, primero Mely se hizo pequeña y después Yuyu.
—¿Dónde estáis chicas? —pregunta Peíto con cara rara.
—¡Estamos aquí abajo! —dice Yuyu gritando.
—Yo, ¿por qué no me hago pequeño? —pregunta Peíto.
—Será porque tú no crees en los duendes. Peíto, intenta creer —dice Yuyu.
En ese momento se abre el suelo y se traga a Yuyu. —¡Yuyu! —grita Mely.
De repente se abre la puerta.
—¡Mely! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Por qué has gritado antes? —pregunta Duende.
—Es que a mi amiga Yuyu se la ha tragado la tierra y ha desaparecido —dice Mely.
—Si queréis os puedo ayudar a buscarla. Por cierto, ¿por qué tú eres tan alta? —(se refiere a Peíto).
—Es que como no creo en los duendes no me hago pequeña —dice Peíto muy triste.
Poco a poco, Peíto se va haciendo de su tamaño.
—¡Qué bien! ¡Me he hecho pequeña! —dice muy contenta Peíto.
Mientras tanto, Yuyu se ha quedado inconsciente del golpe.
—Yo os puedo ayudar a encontrar a Yuyu —dice Peíto muy triste.
—Seguramente habrá ido al malvado castillo de Roquefort y esté en las mazmorras —dice Duende.
—¡No puede ser! Tengo que avisar a mi madre —dice Mely.
—Pues yo no quiero ir a buscarle, porque el nombre del castillo da miedo y si me encerrasen en las mazmorras no podría comer huesos —dice Peíto intentando escaquearse de ir al castillo.
—Peíto, no es una buena excusa para librarte, si no quieres ir, nos lo dices y te quedarás aquí —dice Mely.
—Pero, ¡os ayudaré! —responde Peíto un poco nerviosa y enfadada.
—Aunque el nombre suene terrorífico, el castillo es de chocolate comestible, pero las sirvientas, el cocinero, etc., están hechizados por el rey del castillo Curacu, que también es de chocolate. La única forma de matarlo es mordiéndole la cabeza. Nadie se ha atrevido, porque dice la leyenda que el chocolate está caducado y podrido —dice Duende.
—Pues yo quiero morderle la cabeza —dice Peíto.
—Peíto, no digas tonterías, eso tiene que saber fatal —dice Mely.
—¿Qué tal? —dice Clari.
—¡Clari!, no sabía que estabas aquí, !cuánto tiempo sin verte! ¿Nos quieres ayudar a buscar a mi amiga Yuyu? —dice Mely.
—De acuerdo, si queréis puedo llamar a mis amigas, las hadas del bosque —responde Clari un poco triste.
—Vale, llámalas, a ver si pueden venir a ayudarnos —dice Peíto.
—¿Ese es tu móvil de hada? ¡Qué chulo! ¡Rosa y blanco! —dice Mely.
Clari le hace un gesto con la cabeza diciéndole que sí.
—Hola Cuci, tienes que venir a ayudarnos a buscar a una niña, llama a Rosi y Luna, que yo llamaré a Sofi, Mani y Mari —dice Clari.
De repente aparecen Rosi, Cuci, Luna, Sofi, Mani y Mari.
—¿Qué tal? Cuánto tiempo sin veros —dice Mely.
—Nosotras también te hemos echado de menos —dice Mari.
Mientra tanto…
—¿Dónde estoy? —se preguntaba Yuyu a sí mismo.
Una voz extraña le dice, con voz que da miedo:
—Estás en el castillo de Roquefort. Ja, ja, ja, ja, ja… De aquí no hay quien salga, nadie lo ha conseguido.
—¿Quién eres tú? —le pregunta Yuyu con mucho miedo.
—Yo soy la sirvienta del castillo.
—¿Dónde estás? —le pregunta Yuyu.
—Estoy detrás tuya —dice la sirvienta.
Entonces le cogió muy fuerte. Yuyu no podía escaparse. Así hasta que consiguió encerrarle en una cueva.

