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Diez meses después.

Yuyu se había ido con su madre Carolina

—Mami, ¿puedo irme unos días con mis amigas?

—Claro que sí puedes, hija.

Entonces Yuyu cogió una mochila y metió una cuerda, comida para el camino, una manzana y agua. Un rato después ya llegó al río, así que se tiró al agua y dejó que le llevase la corriente. Esta vez le recogieron unos perros. Yuyu se despertó pero sólo veía perros, entonces salió corriendo. Al fondo vió la cueva, empezó a correr todavía más deprisa.

La cueva tenía unas vallas, de repente a Yuyu le salieron encima de la mano dos llaves.

—Voy a probar con esta llave —dice Yuyu.

Y le funcionó. Entonces entró y la puerta se cerró.

—¿Para qué servirá esta llave? No sé…—se preguntaba a sí mismo.

Pasaron diez minutos y Yuyu vió a su derecha el sitio en el que se estuvo sentando. Siguió para adelante y bajó las escaleras.

—¡Por fín! Ya estoy en Gololandia. ¡Qué bien! Ahora tengo que ir por esta calle y luego por la otra —se dice Yuyu a sí mismo.

Por fin llegó y llamó a la puerta.

—¡Pum! ¡Pum!

—¿Quién es? —dice Carlita.

—Soy yo, Yuyu.

—¡Qué alegría, Yuyu! ¡Te estábamos esperando! Entra, que voy a llamar a Mely —dice Carlita.

—¡Yuyu! ¿Qué tal estás? —pregunta Mely.

—Muy bien, ¿y tú? —responde Yuyu.

—Yo también estoy muy bien, tenía muchas ganas de volver a verte, Yuyu —dice Mely.

—Vamos a cerrar que ya es la hora —dice Carlita.

—¿Qué hay de cenar, mami? —pregunta Mely con una cara de mucha hambre.

—Hay filete de miel con patatas en salsa de miel —responde Carlita.

Yuyu y Mely tenían una cara de alegría.

—Yuyu, ¿a tí te gustan las patatas en salsa de miel? —le pregunta Mely con una cara extraña, suponiendo que sí.

—A mí sí, ¿y a tí? —le responde Yuyu, con cara de alegría.

—A mí también —responde Mely también con cara de alegría.

—¡Pum! ¡Pum!

—¿Quién es? —preguntan Yuyu y Mely.

—Soy Peíto.

—Adelante Peíto, pasa —dice Mely con una cara de alegría porque haya venido Peíto.

—Mely, ¿quién es Peíto?

—Es una prima, mía, que es un perro, por eso le llamaron Peíto, aunque sus padres son abejas —responde Mely, con una cara de risa.

—Niñas, vámonos ya a acostar —dice Carlita.

Y las tres niñas Yuyu, Peíto y Mely se durmieron.

Al día siguiente…

—Buenos días, chicas, ¿habéis dormido bien? —pregunta Carlita con cara de felicidad.

—Sí, hemos dormido las tres muy bien, ¿verdad? —pregunta Yuyu.

—Sí, yo he dormido muy bien, ¿y tú, Peíto, qué tal has dormido? —le pregunta Mely, con cara de risa.

—Yo he dormido muy bien —dice Peíto contento.

—¿Con qué habéis soñado? —pregunta Carlita.

—Yo he soñado que era mi cumpleaños y me regalaron muchos regalos —dice Mely muy sonriente y contenta.

—Pues yo he soñado que nos íbamos todos de excursión —dice Yuyu también muy contento.

—Pues yo he soñado un sueño mejor que los vuestros, mi sueño trataba de que me comía un montón de huesos —dice Peíto.

—Tendría que estar bueno para tí, pero a mí no me van mucho los huesos —dice Mely.

Todos se rieron menos Peíto, ja, ja, ja.

—Mami, ¿qué hay para desayunar? —pregunta Mely.

—Hay queso con miel y pan remojado en miel —responde Carlita.

—Hay para desayunar, sí que hay mucha miel —dice Yuyu.

—Pues yo no quiero miel, ni queso, ni pan; yo sólo quiero huesos —dice Peíto muy enfadada.

Y todos menos Peíto se ríen, ja, ja, ja, ja.

—Es que a tí sólo te gustan los huesos, Peíto, aunque seas un perro —dice Mely riéndose.

Cuatro horas después…

—Yuyu, ¿nos vamos a la fuente del parque? —le pregunta Peíto a Yuyu.

—Vale, ¿por qué no? —responde Yuyu muy contento.

Cuando ya salen por la puerta…

—¿Adónde váis? —pregunta Mely muy extrañada.

—Vamos a la fuente del parque —dice Peíto chinchándola.

—¿Quieres venir, Mely? —le pregunta Yuyu contenta.

—Sí quiero ir —le responde Mely muy contenta.

Todos se fueron a la fuente. Como Peíto se había llevado dinero, se compró almendras garrapiñadas y una careta de un oso panda.

—Peíto, ¿me das almendras? —le pregunta Yuyu sonriente.

—No, no te quiero dar —responde Peíto serio.

—Eres muy malo —dice Mely, mirándole con cara rara.

—Pues tú eres una cascarrabias —dice Peíto muy enfadado.

—Yo no soy cascarrabias, tú eres un egoísta, no sabes compartir. Me voy. No quiero ser tu amiga. ¿Te vienes, Yuyu? —responde Mely muy enfadada.

—Vale, me voy contigo —dice Yuyu un poco triste.

—Pues os dejaré en paz, vais a Carlita de que no queréis jugar conmigo —dice Peíto con una cara, como sabiendo que le iban a decir que sí podía jugar.

—Vale, Peíto, jugaremos contigo, pero no se lo digas —dice Mely.

—¿Os acordáis que os dije que mi habitación tenía una palanca, no? —dice de nuevo Mely.

—Sí, me acuerdo —dice Yuyu alegre.

—Yo también me acuerdo. Vale Mely, tú ganas, no le voy a decir nada a tu madre —dice Peíto ya contento.

—Pues eso me lo enseñó mi amigo Duende —dice Mely sonriente.

—¿Dónde vive ese Duende? —pregunta Peíto, con cara rara y de gracia.

—Duende vive en ese árbol, ¿no véis allí una puerta marrón? —dice Mely.

—Sí, pero por ahí no entramos, es demasiado pequeña para nosotras, somos muy grandes, además es demasiado pequeña para Duende —dice Yuyu un poco extrañada.

—Yuyu, cuando te estás acercando, te vas haciendo pequeña —dice Mely.

—Pues yo no me lo creo, Mely, los duendes no existen. Serán imaginaciones tuyas —dice Peíto con cara de un sabiondo.

—Pues yo, sí creo a Peíto —dice Yuyu, muy alegre y sonriente.

—Entonces empezaron a hacerse pequeñas, primero Mely se hizo pequeña y después Yuyu.

—¿Dónde estáis chicas? —pregunta Peíto con cara rara.

—¡Estamos aquí abajo! —dice Yuyu gritando.

—Yo, ¿por qué no me hago pequeño? —pregunta Peíto.

—Será porque tú no crees en los duendes. Peíto, intenta creer —dice Yuyu.

En ese momento se abre el suelo y se traga a Yuyu. —¡Yuyu! —grita Mely.

De repente se abre la puerta.

—¡Mely! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Por qué has gritado antes? —pregunta Duende.

—Es que a mi amiga Yuyu se la ha tragado la tierra y ha desaparecido —dice Mely.

—Si queréis os puedo ayudar a buscarla. Por cierto, ¿por qué tú eres tan alta? —(se refiere a Peíto).

—Es que como no creo en los duendes no me hago pequeña —dice Peíto muy triste.

Poco a poco, Peíto se va haciendo de su tamaño.

—¡Qué bien! ¡Me he hecho pequeña! —dice muy contenta Peíto.

Mientras tanto, Yuyu se ha quedado inconsciente del golpe.

—Yo os puedo ayudar a encontrar a Yuyu —dice Peíto muy triste.

—Seguramente habrá ido al malvado castillo de Roquefort y esté en las mazmorras —dice Duende.

—¡No puede ser! Tengo que avisar a mi madre —dice Mely.

—Pues yo no quiero ir a buscarle, porque el nombre del castillo da miedo y si me encerrasen en las mazmorras no podría comer huesos —dice Peíto intentando escaquearse de ir al castillo.

—Peíto, no es una buena excusa para librarte, si no quieres ir, nos lo dices y te quedarás aquí —dice Mely.

—Pero, ¡os ayudaré! —responde Peíto un poco nerviosa y enfadada.

—Aunque el nombre suene terrorífico, el castillo es de chocolate comestible, pero las sirvientas, el cocinero, etc., están hechizados por el rey del castillo Curacu, que también es de chocolate. La única forma de matarlo es mordiéndole la cabeza. Nadie se ha atrevido, porque dice la leyenda que el chocolate está caducado y podrido —dice Duende.

—Pues yo quiero morderle la cabeza —dice Peíto.

—Peíto, no digas tonterías, eso tiene que saber fatal —dice Mely.

—¿Qué tal? —dice Clari.

—¡Clari!, no sabía que estabas aquí, !cuánto tiempo sin verte! ¿Nos quieres ayudar a buscar a mi amiga Yuyu? —dice Mely.

—De acuerdo, si queréis puedo llamar a mis amigas, las hadas del bosque —responde Clari un poco triste.

—Vale, llámalas, a ver si pueden venir a ayudarnos —dice Peíto.

—¿Ese es tu móvil de hada? ¡Qué chulo! ¡Rosa y blanco! —dice Mely.

Clari le hace un gesto con la cabeza diciéndole que sí.

—Hola Cuci, tienes que venir a ayudarnos a buscar a una niña, llama a Rosi y Luna, que yo llamaré a Sofi, Mani y Mari —dice Clari.

De repente aparecen Rosi, Cuci, Luna, Sofi, Mani y Mari.

—¿Qué tal? Cuánto tiempo sin veros —dice Mely.

—Nosotras también te hemos echado de menos —dice Mari.

Mientra tanto…

—¿Dónde estoy? —se preguntaba Yuyu a sí mismo.

Una voz extraña le dice, con voz que da miedo:

—Estás en el castillo de Roquefort. Ja, ja, ja, ja, ja… De aquí no hay quien salga, nadie lo ha conseguido.

—¿Quién eres tú? —le pregunta Yuyu con mucho miedo.

—Yo soy la sirvienta del castillo.

—¿Dónde estás? —le pregunta Yuyu.

—Estoy detrás tuya —dice la sirvienta.

Entonces le cogió muy fuerte. Yuyu no podía escaparse. Así hasta que consiguió encerrarle en una cueva.

La llegada del colegio

Ya casi que había que ir al colegio. Sólo quedaba una semana. Ana estaba muy nerviosa, porque no sabía con qué profesora le tocaría este año.

—Mamá, ¿con qué profesora crees que me va a tocar este año? —pregunta Ana.

—Yo creo que te va a tocar con Laura, tu antigua profesora de tercero de infantil —responde su madre.

—Yo creo que con la señorita Ana no me va a tocar —dice Ana.

—Entonces, Ana, ¿con quién quieres que te toque? —le pregunta su madre.

—Yo quiero que me toque con la señorita Sonia —dice Ana.

Cuando ya pasó toda la semana:

—¡Qué bien! Hoy es mi primer día de 3º B de Primaria. Estoy un poco nerviosa —dice Ana.

—Venga Ana, ponte en fila con tus antiguos compañeros —dice su madre.

—¡Vale mami! ¡Adiós! ¡Hasta luego! —responde Ana.

—¿Qué tal has pasado estas vacaciones, Ana? —dice Marta, una de sus compañeras de clase.

—Muy bien. He ido a la playa y he estado nadando y buceando. ¿Y tú qué tal? —responde Ana.

—Yo, en vez de ir a la playa, he ido al pueblo de mis abuelos. Me lo he pasado muy bien, porque fuimos cantando por las calles cantando canciones de verano —responde Marta.

—Hola Teresa, ¿qué tal estás? Te he echado mucho de menos durante el verano —dice Ana.

—Estoy muy bien, ¿y tú? —responde Teresa.

—Yo también muy bien, aunque un poco nerviosa —responde Ana.

—Seguidme por favor —dice su profesora de 2º.

—¡Qué bien! ¡Qué ilusión! Vamos a descubrir quién será nuestra nueva profe —dice Marta.

—Esta será vuestra nueva clase. Este será vuestro tutor, Raúl —dice la señorita.

—¡Qué bien! Nos ha tocado con un profesor muy bueno, Marta —dice Ana.

Cuando ya regresaron a casa:

—¡Mamá! Me ha tocado de profesor Raúl —dice Ana.

—Pues qué bien —responde su madre.

Y así termina esta historia.

(Escrito el 27-11-2008).

Los árboles y los perros

Érase una vez dos perros, que estaban en un bosque. El dueño de los perros los había abandonado. Un día, Chaki, que es el nombre de uno de esos dos perros, le dijo al árbol:

—¿Sabes árbol por dónde se va a la ciudad?

—Sí, se por dónde se va pero es muy peligroso. En el camino hay muchas trampas.

—Pues entonces usted señor árbol, ¿quiere venir con nosotros? —pregunta Cakicha, que es el otro perro.

—Vale, una pregunta, ¿pueden venir con nosotros mis amigos los árboles?

—Sí, pueden venir —responde Cakicha.

Y todos empezaron el camino.

—¡Oh! ¡No! Eso de allí al fondo es un río. No podremos pararlo —dice Chaki.

—Si que va a ser peligroso, tiene cocodrilos —dice Cakicha.

—¡Tengo una idea! —dice un árbol.

—¿Cuál es? —pregunta otro árbol.

—Podemos hacer una lancha con madera que hay ahí —responde el árbol.

De repente viene una gran ventolera y arrastra los troncos al río. Debajo de la madera había un túnel que te lleva a la otra orilla.

—Tiremos por el túnel —dice Cakicha.

—Tengo un problema, los árboles no entramos por ese túnel —dice un árbol.

—¡Es verdad! Se me había olvidado, sois demasiado grandes.

—Pues entrar vosotros por el túnel —dice el árbol.

Y por fin llegaron los perros.

(Escrito el 26-11-2008).

Un día, en un pueblecito vivía una abeja llamada Yuyu.

Yuyu quería irse de paseo al río pero su tía María no le dejaba. Cuando fue su cumpleaños pidió el deseo de que fuese al río. Al día siguiente, cuando se despertó, le preguntó a su tía si podía ir al río. Entonces, la tía le contestó: No, Yuyu, eres demasiado pequeña.

— Pero tita, ya he cumplido ocho años —dijo Yuyu.

— Está bien, puedes ir al río, pero ten cuidado.

Por el camino, Yuyu fue cogiendo frutas para su madre, sus abuelos y su tía. Cuando llegó al río, vió un puente a lo lejos para cruzar. El puente se movía mucho. De repente, se rompió y Yuyu cayó al río.

Yuyu, cuando cayó al agua, se quedó inconsciente. Le arrastraba la corriente, hacia una piedra. Pasó un rato, le recogió una tribu de gorilas. Le llevaron hasta su cueva. En ella, Yuyu se despertó.

— ¿Dónde estoy? —pregunta Yuyu.

— Estás en la entrada de Gololandia —le dijo Gulaka.

— Pero esto es una cueva —dice Yuyu.

— Ya, si sigues hacia adelante, bajas unas escaleras y estás en Gololandia.

— ¡Qué guay! ¿Me puedo ir? —dice Yuyu.

— Claro que sí. Te trataremos como a un miembro más de Gololandia —responde Gulaka.

Entonces, Yuyu siguió para adelante. Después bajó las escaleras y llegó a Gololandia. En Gololandia en todas las calles vivían gorilas menos en dos, la calle de las abejas y la calle de los perros.

Entonces, Yuyu tiró por la calle de las abejas. Ella quería estar con las demás. Yuyu llamó a la primera casa: ¡Pum, pum!

— ¿Quién es? —dice Carlita, una abeja madre.

— Soy Yuyu, una abeja nueva del pueblo. ¿Puedo entrar?

— Sí, no hay problema, la casa es grande.

Yuyu entró.

— ¿Cómo te llamas?

— Me llamo Carlita y esta es mi hija Meli.

— Hola Meli, soy la nueva amiga de tu madre.

— ¿Te vas a quedar a dormir, Yuyu? —pregunta Meli.

— Claro que sí, Meli.

— ¡Qué bien!, dormirás al lado de mi habitación, Yuyu.

— Primero vamos a cenar, chicas —dice Carlita.

— ¿Qué hay de cenar, mami?

— Hay filete de miel.

— ¡Qué bueno tiene que estar! ¿A tí Yuyu te gusta el filete de miel?

— Sí, me gusta mucho.

— ¿Vas a querer repetir? —pregunta Carlita.

— Si quedan, sí. Si no, no —responde Yuyu.

Después de cenar Yuyu hizo pipí.

— ¿Cuál es mi habitación, Meli?

— Es esa, pero primero te voy a enseñar la mía.

— Es muy bonita, Meli.

— Pues todavía no has visto lo mejor.

— Si das a esta palanca se da la vuelta el mueble y se queda un poco abierto, para pasar a la habitación donde vas a dormir. En la tuya, igual. Mi madre no sabe nada.

Al día siguiente.

— Buenos días, Meli. Buenos días, Carlita.

— ¿Habéis dormido bien? —pregunta Carlita.

— Yo sí —dice Yuyu.

— Y yo también —dice Meli.

— Están muy buenas las tostadas de miel, Carlita.

— Gracias, Yuyu.

Pasó un rato.

— ¿Salimos a dar un paseo, chicas? —pregunta Carlita.

— Vale —contesta Yuyu.

— Yo sí quiero, así vamos al parque —responde Meli.

Al día siguiente.

— Adiós, Carlita. Adiós, Meli. Vendré a visitaros de vez en cuando —dice Yuyu llorando.

Yuyu emprendió su camino de vuelta a casa. Cuando llegó al puente se dio cuenta de que no podía pasar. Entonces, a lo lejos, vio unas piedras en línea y decidió cruzar por ellas. Por fin llegó a su casa.

— Pero, ¿qué te ha pasado para tardar tanto tiempo, Yuyu? —le pregunta su tía María.

— Es que fui a una ciudad de gorilas.

— No, Yuyu, no me mientas, y no te imagines las cosas.

— Está bien, me quedé dormida al lado del río, tita —dice Yuyu, mintiéndole.

El tesoro perdido

Un día en el campo jugaron Sara y Silvia a hacer túneles. Sara, de repente, no podía seguir cavando. Entonces quitó la tierra un poco y avisó a Silvia.

—Silvia, hay un tesoro.

—No digas tonterías, Sara.

—Tú ven y ayúdame a sacarlo —dice Sara— y Silvia le ayudó a sacarlo.

—¡Es verdad! ¡Es un tesoro! ¡Qué guay! —dice Silvia.

Las dos lo intentaron abrir hasta que lo consiguieron. ¡Eran monedas de oro!

—¿Qué hacemos con ellas, Sara?

—Comprarnos cosas —responde Sara.

Las dos se fueron con un montón de monedas a la mayor tienda de juguetes. Cogieron muchos juguetes, pero a la hora de pagar no les dejaban. Entonces, se fueron.

—¿De dónde habéis sacado tanto dinero? —pregunta Marina, una de sus amigas.

—No, lo hemos encontrado en un cofre enterrado. Pero no se lo cuentes a nadie.

Las tres lo mantuvieron en secreto hasta que fueron mayores.

Un día en un pueblecito

Todo comenzó un día, por la mañana.

Dos niñas iban a salir de viaje. Por el camino fueron parando en sitios y comiendo un poco.

Cuando pararon por última vez se encontraron con su amiga Beatriz.

—¿Por qué no vienes conmigo al pueblo de mi padre? —pregunta Beatriz.

—Es que tenemos que ir a unos juegos —contesta la hermana mayor llamado Sofía.

—Aah —dice Beatriz.

—Aunque los juegos pueden esperar para otro día —dice la hermana pequeña María.

—Vale. Entonces cogerá el coche y seguidnos —dice Beatriz.

Ellas cogieron el coche y les siguieron, cuando llegaron se presentaron y empezaron a jugar todas las niñas. Cuando terminaron de comer todas, subieron a jugar a la habitación. Se lo pasaron muy bien ese día, que se quedaron un día más.

Al día siguiente volvieron a casa y escribieron en su diario lo bien que se lo habían pasado.

Un día en el bosque

Todo comenzó un día de verano en una casita. Dentro vivían dos niñas con sus padres. Clara tenía nueve años y era la mayor. Sofía, que era la otra hermana, tenía cinco años recién cumplidos. Las dos niñas se aburrían mucho dentro de casa.

—Hijas, ¿por qué no salís a jugar con los demás niños? —les preguntó la madre.

Enseguida contestaron: sí.

Y las dos salieron a jugar, pero las otras niñas y niños no les juntaban.

Entonces, una niña se acercó y les dijo si querían jugar con ella y sus amigas. Ellas aceptaron.

—¿Cómo os llamáis? Yo me llamo Blanca —dice la niña.

—Encantada de conocerte, Blanca. Gracias por habernos dejado estar con vosotras. Casi se me olvida, yo me llamo Clara.

—¡Hola! Yo me llamo Sofía. He tenido una gran idea. Podríamos ir todos juntos al bosque —dice Sofía.

Todos se fueron dirección al bosque.

Pensaron que podían dividirse en grupos de tres, porque eran seis. Clara, Sofía y Blanca fueron por un sitio y las otras tres siguieron recto. Clara, Sofía y Blanca, por el camino, fueron cogiendo frutos, para comérselos cuando tuviesen hambre.

Mientras tanto, los padres de las seis niñas empezaron a gritar: ¡Clara, María, Sofía, Blanca, Irene, Marta! ¿En dónde os habéis metido?

Los niños de allí les dijeron que habían ido al bosque.

En el bosque empezó a hacer frío. Las seis niñas se volvieron a juntar y fueron a una cueva que había al fondo. Se metieron dentro y esperaron que alguien fuese a recogerlas.

Por allí pasó un hombre sordo cantando.

—Señor, escúchenos, llévenos a casa, por favor —dijeron todas.

Pero el señor no les escuchó.

Entonces, las niñas empezaron a gritar. Los padres las escucharon y corrieron hasta que las encontraron.

Una historia de ballet

Todo comenzó un día en una casita. En la casita vivía una familia de dos niñas. A las dos niñas les gustaba bailar.

Un día le preguntaron a su madre si podían ir a ballet. La madre les contestó: Os apuntaré, si os gusta tanto.

Entonces fueron a comprar los trajes de ballet.

—¡Mamá, ahí están los trajes! —dice Clara, que es la hermana mayor.

—María, ¿a tí qué traje te gusta más? —Pregunta la madre.

—A mí me gusta ese porque trae una falda brillante.

—Pues te lo compro —dice la madre.

—¿Y a mí? —dice Clara.

—Ahora. No seas impaciente. Primero voy a buscar las zapatillas para tu hermana María —dice la madre.

Pasó tiempo y ya terminaron de comprar.

—Mamá, ¿cuándo empezamos a ir a ballet? —pregunta Clara.

—Empezaréis hoy, así que vestíos —dice la madre.

Mientras que Clara se vestía, María jugaba con las muñecas porque ya se había puesto el traje.

Pasó una hora.

—Hoy os voy a contar la historia de una bailarina; para eso sentáos en los cojines —dice la maestra de ballet.

—Si te sientas en dos, no hay para todos. Y por eso te tienes que sentar en un cojín. Y ahora empiezo con el cuento —dice la maestra.

Cuando terminó el cuento, entre todas recogieron el cojín en el que cada una había estado sentada. Y se fueron a sus casas.

Cuando llegaron a casa se quitaron la ropa de ballet.

—¿Quiéres jugar a las hadas, María? —dice Clara.

—Sí quiero. Podríamos ser hadas que hiciésemos un baile —dice María.

—Vale —dice Clara.

Y las dos se lo pasaron bien.

Un día muy divertido

Todo comenzó un día en una clase. Una niña llamada Sofía iba a coger los rotuladores del armario. Se dio cuenta de que el armario tenía unos colores que se movían como serpientes. Al día siguiente, cuando tocó el timbre del recreo, Sofía y su amiga Beatriz se fueron al servicio. Después volvieron a subir. Se asomaron a ver si seguía la profesora. Todavía seguía. Entonces, las dos niñas bajaron al patio. Vieron que hacía mucho frío.

—Vamos a coger el abrigo y de paso me enseñas el armario —dice Beatriz.

—Vale, pero como esté la profesora, te lo enseño ya mañana —dice Sofía.

Mientras que las dos subían las escaleras, la profesora se dio cuenta de que el armario brillaba. Lo abrió y había mucha luz. De pronto el armario se la quiso tragar.

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡El armario me quiere tragar! —grita la profesora asustada.

—¿De dónde vienen esos gritos? Parece que son de nuestra profesora. Vamos deprisa a la clase —dice Sofía mientras en la clase la profesora seguía gritando.

De repente, se la tragó.

Y se cerró el armario, pero seguía brillando.

—Mira, Sofía, el armario brilla. Vamos a abrirlo —dice Beatriz, sorprendida.

Y las dos lo abrieron.

—¡Nos quiere tragar el armario! —dice Sofía extrañada.

Se agarraron como pudieron, pero Sofía se soltó.

—¡Dame la mano! —dice Beatriz—, pero se la tragó.

Pasaron dos minutos.

—¿Dónde estoy? —dice Sofía.

—Estás en China, creo —dice la profesora.

—A Beatriz no la ha tragado, pero a nosotras dos, sí —dice Sofía mientras Beatriz bajó al recreo.

—¿Sabes cómo se sale? —pregunta la profesora Carmen.

—¡Dopecas hiey! —dice alguien de por allí.

—Ha dicho que te tienes que montar en el dragón para llegar a la cueva —dice Carmen.

—Pues, ¿dónde está el dragón?, porque los dragones ya no existen.

—Yo creo que lo que hay en el cielo y viene directo a nosotras es un dragón —dice Carmen, un poco sorprendida, como Sofía.

—¡Qué bonito! Es azul, con una gran cola larga y roja. Y los cuernos, amarillos —dice Sofía.

Entonces se montaron en el dragón y les llevó a una cueva que era muy profunda.

—A la que le preguntamos antes, me enseñó un mapa y me lo regaló. El mapa pone que hay que atravesar la cueva para regresar. También pone que hay que beber agua de una fuente, de un grifo, y se abre una puerta que te lleva a un patio de un colegio —dice Carmen.

Las dos entraron en la cueva.

—No pone por dónde hay que tirar —dice Sofía.

Las dos se pusieron de acuerdo y tiraron por el mismo camino. Llegaron a la fuente. Bebieron agua. Pero al cerrar el caño se abrió una puerta, que las llevó al patio por un agujero que luego desapareció.

Un día en una película

Todo comenzó en la casa de María. María había invitado a sus primas Clara y Elena para ver una película de hadas. Cuando iba por la mitad, se metieron dentro de la película.

—Estamos dentro de la película —dice Clara asustada.

—¿Cómo vamos a salir? —dice María.

—Seguro, hasta que no termine la película. Pasó tiempo y era cuando las niñas de la peli se comvertían en hadas.

—¿Qué pasaría si en la película nosotras tres nos convertimos? Puede que cuando salgamos seamos hadas —dice Elena.

—Vamos a decir si nosotras nos podemos convertir —dice Clara.

Y las tres se lo fueron a preguntar a un hada.

—Si, pero entonces os tengo que convertir en un hada —dice un hada.

Entonces les convirtieron en tres hadas y volvieron a casa con sus poderes mágicos, para siempre.

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